martes, 8 de junio de 2010

COLORES


El 14 de octubre de 1963, más de cuarenta mil personas caminaron en silencio por las calles de París hasta el cementerio, iban a despedir a la mujer que había puesto sonido a sus vidas. Tres décadas antes, su descubridor, un gerente de cabarét la había bautizado para la historia como la niña Gorrión.Nada en la vida de Edith Piaf fue convencional. Nació justo debajo de un farol frente al número 72 de la rue de Belleville en París. Desde entonces la pequeña Edith fue pasando de mano en mano. Cantó en las calles, recorrió circos ambulantes junto a su padre, tuvo miles de romances, sufrió graves accidentes y tuvo miles de adicciones, una de esas miles, la morfina, la llevó al calvario. Con todo, con el amor, con la tragedia, con la miseria, la mujer era una sobreviviente, musa de todos los franceses y arquetipo de una generación.Lo hizo todo con pasión: cantar, padecer, amar, vivir y hasta morir. La llamaban “el gorrión de París” y sobre el escenario se mostraba tan frágil que parecía romperse hasta que amanecía la potencia, la energía, la fuerza de una voz que suplicaba en cada canción.Cantaba la vida en rosa pero su vida fue de otros colores, de colores oscuros, de grises, de negros y de rojos sobre el final.

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